EL SILENCIO DE DIOS

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EL SILENCIO DE DIOS

Hace ya algunos años que entré por primera vez en la Iglesia del Real Monasterio de Santa María de las Huelgas.

Desde el primer momento, sentí en mi corazón que en aquel lugar había mujeres de Dios. Mujeres, dedicadas al trabajo y a la oración, esperando quizá en el silencio alguna respuesta de Dios.

Cuando me senté por primera vez en la sillería de la Iglesia mayor al lado de aquellas monjas contemplativas, mi espíritu se contagió de aquel silencio lleno de amor. Todo mi ser quedó contagiado de aquel ambiente de silencio. No me cabía duda, en medio de aquellas personas estaba Dios, y yo quería contagiarme de ellas. Ese silencio era Presencia, era Amor.

Es la espera del esposo a la que yo me quería sumar. No me hacía falta hablar con ellas. El semblante de sus rostros contemplando el Santo Sagrario me lo decía todo; a veces, sus miradas y sonrisas con gesto de complicidad, hacía saltar en mi corazón el cariño que nos demostraban a cuantos participábamos de la Eucaristía.

Por motivos de edad de algunas de las madres, decidieron celebrar la Santa Eucaristía en la capilla interior. Un pequeño malestar recorrió mi ser al tener que dejar aquel Santo lugar; pero hoy, se lo agradezco de todo corazón.

Para llegar a la capilla interior, hay que recorrer el claustro ¡DIOS MÍO! Mi corazón saltaba de júbilo. Por mi cabeza pasaban mil asuntos relacionados con las madres. Esas piedras del claustro, con tantos siglos de historia y oración. Su silencio lo inundaba todo. Hoy después de más de un lustro recorriendo el claustro para asistir a la Santa Misa, mi corazón sigue sintiendo lo mismo que el primer día. Recorrer sus largos pasillos en silencio me llena del amor de las madres, que con el transcurrir de los siglos sus oraciones han hecho de este sitio, un lugar santo y donde Dios rompe su silencio.

Soy persona de oración diaria, de oración del corazón, de oración de Jesús, a pesar de estar en el mundo. Porque siendo y estando en el mundo sin dejar de cumplir con nuestras necesidades cotidianas, también se escucha el silencio de Dios. El ejemplo de las madres del Real Monasterio de las Huelgas, son quienes me han enseñado el valor del silencio. Ellas que con su ejemplo contemplativo y de recogimiento transmiten que DIOS habla.

“Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo; baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos” (Sal 89)                                                                                                                                                                                                                                                              

                                                                                  Juan Antonio  Columé                                                                                        Profesor de Religión