HABLARÁN LAS PIEDRAS

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HABLARÁN LAS PIEDRAS

Como restos de un naufragio que van llegando a la orilla, la Historia va dejando en el camino fragmentos de cultura material e inmaterial que unas veces reaprovechamos para levantar nuevos refugios que nos protejan de la intemperie y otras quedan varados en soledad, quietos, resignificados en ocasiones sin conciencia plena, estilizados o incomprendidos.

Hay cientos de miles de bloques de piedra labrada, cuidadosamente ordenada por hombres de carne y sangre como la nuestra, que nos van resultando cada día más extraños. Que nos parecen lejanos. Cuya verdad se convierte en un arcano.

El mismo hombre que ha olvidado que es esencialmente peregrino, caminante en busca de su propio sentido, se sorprende cada vez más al encontrarse con un universo formal que un día fue vía de conocimiento, revelación de la Belleza, restablecimiento de la esencia del ser humano.

El monasticismo como forma de vida y el monasterio como arquitectura, con el léxico específico de sus tiempos -tercia, sexta, nona- y sus espacios -locutorio, refectorio, celda, claustro- va quedando atrapado en la esfera de lo cultural (en su acepción contemporánea), reducido a la curiosidad lúdica, a la erudición académica, a la antigüedad polvorienta o la atracción turística. Y por más que permanezcan en pie las hiladas de sillares, como el mortero que se desangra por las juntas, se va perdiendo la consciencia y la conciencia sobre el ser de las cosas.

Cuando Bernardo de Claraval afirma en su Sermón de diversis que “Vere claustrum est paradisus” se lo dice también al hombre de hoy. El claustro es el epicentro de un mundo en el que todo converge hacia el interior; evocación elocuente del Paraíso oriental, del Edén hebreo, referencia a la Jerusalén Celeste, trazo simbólico de lo terreno, ínsula de naturaleza purificada que se segrega y se protege para revivir la primitiva inocencia de la Creación. En su centro mana fuente de agua viva y su perímetro se concibe como espacio por el cual deambular sumergido en la esencia misma de las cosas.

La estabilidad, el orden y el silencio, un sentido propio de tiempo y una determinada concepción del espacio están pensados para favorecer La Búsqueda. Para atender a la voz del que habla en la música callada y la soledad sonora. Para adentrarse en uno mismo en comunidad. Para transitar los mil caminos de la Sagrada Escritura. Para buscarse y encontrar a Dios. Y alabarle con todas las fuerzas.

La necesidad existe; es, como la Belleza de San Agustín, siempre antigua y siempre nueva. Si en el monasterio se acoge al que llega como si de Cristo mismo se tratase, si la belleza acrisolada en sus muros es vía pulchritudinis que eleva la mirada a lo alto, si la liturgia hace presente lo divino y la vida consagrada transparenta hondura y misericordia, si es terreno de silencio fecundo, aunque nosotros callemos, hablarán las piedras.

                                                                       Gerardo Díaz Quirós

Director de la Fundación San Juan de Dios