LA DÉCADA PRODIGIOSA

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LA DÉCADA PRODIGIOSA

Allá por los años 80 del siglo pasado, cuando en España estrenábamos democracia, se formó un grupo de música joven que dieron en llamarse “La Década Prodigiosa”. Pues bien, en el prodigio de esa década estoy yo ahora.

En el salmo 90(89), 10 rezamos: “aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan”.

Yo no puedo estar de acuerdo con el salmista: cierto que, echando la vista atrás, ha habido esfuerzos y fatigas, pero nunca inútiles. Veo siempre al Señor en todo ello y contemplo mi vida felizmente colmada a pesar de ellos. Y en esos trabajos, que repito no creo inútiles, se ha ido forjando la esperanza viva de que ahora voy a poder con lo que esta década me aporte. Aunque yo puedo ya dar tan poco…

Más que nunca es el momento de descansar con mayor consciencia en las manos del Padre en un abandono cómodo y confiado como un niño arrebujado en brazos de su madre aprendiendo, siempre aprendiendo, una nueva forma de vida que, como todo aprendizaje, no siempre es fácil. Pero también la experiencia es un valor que no se tiene en la juventud. Y cuando las fuerzas físicas van decayendo, el hombre nuevo, en este caso la mujer nueva, se va desarrollando y creciendo en edad, sabiduría y, esperemos, en gracia delante de Dios y de las personas que sepan apreciar que los ancianos no somos inútiles en las comunidades.

Cuando nuestros ojos ya casi no pueden ver, nos pesan los brazos y las piernas apenas nos sostienen el Señor hace milagros en nuestro favor, nos ilumina los ojos con su luz para descubrirle más nítidamente en nuestro interior; los a-brazos se llenan de ternura y nuestros pies adquieren alas cual Pegaso para correr presurosos hacia Él.

No es fácil la vejez; ni bonita la ancianidad. Y sin embargo Dios nos quiere así, con todas esas debilidades y carencias. Cuando se tienen veinte años y se ofrecen al Señor, con san Ignacio de Loyola “toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento… no se es consciente de lo que supone ese ofrecimiento porque se está en plenitud de facultades, pero cuando al pasar el tiempo se van perdiendo es el momento de donar de nuevo, despacito y una por una, todas esas cualidades que Él nos concedió como puro don y de explicar cómo y en favor de quién las hemos vivido, o mejor, las estamos viviendo todavía. Y si también nos falla el intelecto quizá nuestro quehacer sea el de santificar a las personas de las que dependemos.

Dios no hace nada inútil. Todo lo hace bueno.

Y todavía puede haber algo más: si nos dejamos modelar continuamente por Él nuestra juventud se renovará como la de un águila, seremos como un árbol que crece junto a la corriente y en la vejez seguiremos dando fruto. Incluso quizá un fruto más suave y dulce que el de la juventud.

Alabemos y demos siempre gracias al Señor. Este es, sin duda, nuestro mejor momento porque es el que Él quiere, ahora, para nosotros.

                                                                                                    Mary Carmen Sanjuán. CCSB