“LO” CISTER EN MI VIDA

LA DÉCADA PRODIGIOSA
12 enero, 2019
LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS (Continuación)
18 febrero, 2019
Mostras todos

“LO” CISTER EN MI VIDA

“LO” CISTER EN MI VIDA

Transcurría el año 1956, el de mi primera comunión, cuando acudí a la Trapa (Venta de Baños) por vez primera a la profesión solemne del P. Manuel, tío carnal mío; hoy convaleciente aquejado de desgaste propio de la edad que lleva a sus costillas, casi 95 años.

Desde entonces, por unos motivos u otros, he visitado La Trapa en innumerables ocasiones hasta que, allá por 1990, decidí poner en práctica un retiro anual porque había sentido en mí que en ese monasterio había algo que me llegaba y que, también, me llenaba.

¿Qué era lo que me inquietaba o rebullía cuando me encontraba allí?, me llenaba la salmodia de las distintas horas, la eucaristía a la hora de Laudes me ha parecido siempre excelsa, los cánticos del Benedictus y del Magnificat me parecían esplendorosos por su profundo contenido, la meditación por su claustro alrededor del cementerio resulta de la mayor intimidad, el orar en la capilla de la hospedería, el cántico de la Salve, que es capaz de suscitar la máxima emoción y que me pone los pelos de punta y nunca puedo contener lágrimas de emoción … así puedo continuar exponiendo las más bellas vivencias que he podido tener y/o experimentar a lo largo de los retiros allí vividos.

Me pregunto: ¿Qué hay dentro de la Trapa?… Hay, sobre todo, silencio, silencio ensordecedor, un silencio que es plenitud para entrar en contacto con nuestro espíritu al margen de los ruidos que llenan la vida humana; un silencio que propicia la soledad silenciosa que allí se vive y que conduce a pensar en silencio, a soñar en silencio, a amar en silencio. Es, de verdad, ese silencio que Dios nos da desde que se hizo hombre y que nos regala para poder entender su sencillo ser como persona humana. Cuando leo esa frase de San Rafael Arnáiz Barón: “Silencio hermano, que estoy hablando con Dios”, uno se puede aproximar un poquito a una de las claves de la vida cisterciense: el silencio; y cuando leo esa otra frase de la misma procedencia: “Sólo Dios” también quiero imaginarme que es una afirmación categórica fruto de largas horas de recogimiento y en silencio solo alcanzables en ese tipo de monasterios.

Debo compartir que tengo una sana adicción al citado lugar porque he experimentado que en la vida me sobran ruidos, que me gusta la oración en pleno recogimiento, que escuchar la orquesta del silencio es como una bella obra musical, que la vida en silencio es equilibrante y edificante; es una bonita manera de vivir saber aprovechar el tiempo que dedico a la tarea de poner mi espíritu a remojo, al menos, anualmente.

No quiero acabar sin hacer mención a la grandeza de las eucaristías cistercienses; son algo muy singular y muy dichosas de vivir. Me considero un privilegiado por tener esta oportunidad en mi vida cotidiana, y, si en la Trapa son espléndidas, en el Monasterio de las Huelgas, en esa bellísima iglesia, son maravillosas. Sólo hace falta una cosa, una cosa que le pido mucho a Dios: vocaciones. Esta orden necesita vocaciones, personas que reaviven, que motiven, que alegren, que llenen de espiritualidad los monasterios.

Que así sea.

José Luis Pérez Reyes

  •                                                                                                                                             –  Químico  –