LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS (Continuación)

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LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS (Continuación)

LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS (Continuación)

 La Presencia Escrutadora de Dios

                                    Lectio Divina: Salmo 139 (138)[1]

El salterio es una colección de colecciones, pero en su estado final puede leerse como un libro, y -en este sentido de unidad literaria- sustituye el “Sitz im kult”, el lugar del culto, que parece ser ciertamente el contexto de la mayoría de los salmos en su origen, por un “Sitz in der Literatur”, el lugar en la literatura.

Desde esta óptica, el contexto de los salmos es el salterio mismo, que conforma un libro que debería leerse del principio hasta el final. Y en este libro existen palabras claves que van uniendo y concatenando unos salmos con otros, por ello el que lee o reza el salterio es conducido suave y progresivamente de un salmo a otro como en un itinerario que guía al lector hasta llegar a ser un orante. El mismo salterio se convierte en un santuario donde el salmista celebra su fe estrechando las manos en la fraternidad, y dirigiendo su mirada y su corazón a Dios que siempre irrumpe en el santuario.

Para el hombre bíblico la presencia de Dios -Shekinah- es el alma del templo, y esta resuena con fuerza en el salmo 139 como un canto espontáneo y jubiloso de quien admira la grandeza de Dios y se olvida de sí mismo. Esta alabanza es recuerdo y celebración del que vive y actúa, por eso no tiene nada de intimismo, es una salida que gira sobre Dios y su obra.

Vamos, pues, a realizar una statio o preparación a la escucha de estos versos, viendo su ubicación en el contexto, para después realizar nuestra lectio sálmica, y terminar orando gozosamente al Señor.

  1. STATIO

El salterio no es una despensa, donde la fruta está esparcida en baldas, sino que es un cesto lleno de distintas y maravillosas frutas. Lo importante es caer en la cuenta de cómo están situadas en el cesto, y tener presente que no es lo mismo comer una fresa antes o después que una cebolla. Miremos, pues, el lugar que el salmo que nos ocupa tiene en el salterio, a qué colección pertenece, y sus conexiones con otras composiciones.

El medio (milieu) en el que surgen los salmos es la escuela sapiencial, distante del templo y de las ofrendas, donde se concibe el salterio como un santuario en el que buscar y alabar a Dios para vivir la liturgia de la vida en clave de alabanza.

El salmo 139 pertenece al llamado salterio litúrgico que comprende: los salmos de peregrinación (120-134), los salmos de David (135-144) y el gran final (145-150). Y en atención a su contenido ocupa un lugar en el grupo de “alabanzas descriptivas”, donde se engrandece a Dios por la plenitud de su obra y su ser.

En el salmo anterior (138) -al que está concatenado- el orante, tras su acción de gracias a Dios, exclama: “¡No abandones la obra de tus manos!” (Sal 138, 8), no olvides al ser humano que modelaron tus manos, y que aún conserva la impronta y el calor de los dedos de Dios, ya que el Creador no ha dejado a su criatura caer de sus manos.

Y a este anhelo del cobijo de Dios responde como un eco el salmo 139, mostrando -con tono sapiencial- la presencia de Dios en la existencia humana, lugar de encuentro con Dios y verdadera liturgia ante sus ojos, que lo sondea y lo conoce todo. El camino de la vida es un ejercicio preparatorio o de iniciación a la vida eterna, por eso culminará su oración el salmista suplicando: “Guíame por el camino eterno” (139, 14). Tú que me sondeas, guíame.

Este Dios, que guía por el camino a su pueblo, se presenta con todo su esplendor en los relatos bíblicos del éxodo, cuya meta era el culto a Dios, tal como narra el autor sagrado: “Deja salir a mi pueblo para que celebre fiesta en mi honor en el desierto” (Ex 5, 1). Y para este culto se necesita la libertad, una vida orientada desde y hacia Dios. El fin del éxodo no es la mera posesión de la tierra, sino el culto a Dios, una vida de alianza con Él. Por eso el Sinaí va a configurar la posesión de la tierra, una vida libre. Las Diez Palabras de Dios proporcionan a Israel la tierra interior que crea seres libres, capaces de alianza con Dios. Sin esta tierra interior la exterior no sería acogedora. Estas Diez Palabras son un orden de vida en la tierra dada, que hace de la existencia un culto en espíritu y en verdad. En la medida que se pierde la Presencia de estos mandamientos, se pierde interiormente la tierra, hasta llegar a la expulsión o el exilio. El fundamento de la existencia en la tierra es situarse ante estas Diez Palabras del Sinaí que ordenan los asuntos humanos. Y es esto lo que hace el orante en este salmo, poner toda su vida ante el sondeo de Dios, su camino ante las diez sendas marcadas por la ciencia de Dios.

Los relatos del éxodo nos sirven de preparación para la lectura de esta oración sálmica, en la que el binomio sondear y camino marcan un arco inclusivo que exhala el perfume de esta oración.

Pilar Avellaneda Ruiz         (Continuará)

 

 

[1] Cf. P. Avellaneda Ruiz, Los Salmos, odres del Agua de Dios, Colección Espiritualidad Monástica 84, Ediciones Monte Casino (Zamora-Benedictinas) 2018.