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SEMBLANZA DE LA LECTIO DIVINA

San Bernardo de Claraval, en uno de sus bellísimos sermones, decía: “El hambre de la tierra es la escasez de la Palabra de Dios en el espíritu humano” (Serm Var 95,1)[1]. Ésta no es sólo una frase bella, sino una realidad que aún hoy podemos constatar en el mundo. Por eso es urgente vivir y enseñar lectio divina, abrir a los hombres el acceso a Dios mediante su Palabra[2], ya que ella es lo único que puede saciar el anhelo del corazón humano, que es esencialmente hambre de Dios.

Por ello cabe preguntarnos hoy: desde la sensibilidad monástica ¿qué significa vivir y enseñar lectio divina? Brevemente intentaremos responder.

La lectio divina es la oración por excelencia de la tradición monástica, y constituye la pedagogía de oración más típica de la espiritualidad benedictina y cisterciense[3]. Ella misma educa al discípulo de Jesús, ya que es “un encuentro vital…que permite encontrar en el texto bíblico la Palabra viva que interpela, orienta, y modela la existencia”[4]. Es allí donde el Maestro se revela, y educa el corazón y la mente. Es allí donde se madura la visión de fe, aprendiendo a ver la realidad y los acontecimientos con la mirada misma de Dios, hasta tener el pensamiento de Cristo (cf. 1Cor 2, 16)[5].

Es, por tanto, un escrutar la Escritura para saborear a Dios, tal como lo expresa Guerrico de Igny en uno de sus sermones: Escrutad las Escrituras […] vosotros que no buscáis en ellas sino a Cristo […] Vosotros, que recorréis los jardines de las Escrituras, no queráis negligente y ociosamente pasar de modo superficial sobre ellas; escrutando cada cosa como abejas diligentes que sacan miel de las flores, recoged el espíritu de las palabras (Serm 54, 2)[6].

Los pasos clásicos de la lectio divina son: lectio, meditatio, oratio y contemplatio. Pero los monjes tenían -y hasta hoy permanecen- una serie de ejercicios que preparaban la praxis, y así lo enseñaban a los que se iniciaban en el camino monástico: 1. Lo primero que aconsejaban era la quietud, 2. Después de la quietud venía el reconocimiento de que lo que tienes entre las manos no es una palabra humana más, sino la Palabra misma de Dios. 3. Tras los ejercicios de preparación comenzaba la lectura. El espíritu que movía esta lectura orante no sólo era escuchar la Palabra de Dios, sino ponerse bajo su mirada. Así podemos decir: que la praxis de la lectio divina es dejarse mirar por Dios, ser recreados por esta mirada que protagonizó el inicio del tiempo, y que fue recogida en la expresión bíblica: ¡Y vio Dios que era bueno! (Gn1)                                                                                      

    PILAR AVELLANEDA RUIZ

 Secretaria de la CCSB

[1] San Bernardo, Obras Completas, Sermones Varios. IV (BAC, Madrid 1988) 457.

[2] Cf. Benedicto xvi, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini (Roma 2010) 2.

[3] Cf. A. Roberts, Hacia Cristo (Monte Casino, Zamora 1994) 212.

[4] San Juan Pablo ii, Carta Apostólica Novo milenio ieunente (Roma 2001) 39.

[5] Cf. Instrucción de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Caminar desde Cristo (Roma 2001) 24.

[6] Cf. Guerrico de Igny, La Luz de Cristo. Homilías para el año litúrgico. Colección Padres Cistercienses 10 (Azul (Argentina) 1983) 485.