UNA FIESTA SINGULAR EN EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA LA REAL DE LAS HUELGAS: EL CURPILLOS

Festividad del glorioso Rey San Fernando
5 junio, 2018
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UNA FIESTA SINGULAR EN EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA LA REAL DE LAS HUELGAS: EL CURPILLOS

Los inicios históricos del monasterio cisterciense de Santa María la Real de las Huelgas, en Burgos, se remontan al siglo XII durante el reinado de Alfonso VIII junto a su esposa Leonor de Inglaterra. Sin embargo año tras año sigue creando historia con una de las celebraciones más populares y queridas por los burgaleses, el Curpillos.
La primera vez que oí hablar de esta fiesta fue cuando comencé a trabajar en Patrimonio Nacional y me hicieron responsable de las colecciones artísticas que alberga el monasterio. Corría el año 1987 y era un mes de noviembre nevado y frío, pero la calidez y calidad humana de la comunidad de religiosas elevaron la temperatura y sobre todo mi espíritu.
La acogida que me brindaron es la misma que ofrecen a todos los burgaleses cuando se acercan al monasterio y especialmente para celebrar la fiesta del “Corpus Chico” o “Curpillos”, ocho días después de la solemnidad religiosa del Corpus Christi. Es una fiesta estrechamente ligada a la Eucaristía, registrada a partir del siglo XIV, con un ceremonial perfectamente estructurado. Es la abadesa del monasterio quien invita a las autoridades religiosas, civiles, militares y a todos los vecinos del barrio y la ciudad a participar en los actos.
El orden del día comienza con la recepción de las autoridades e invitados a la entrada del templo, en el Compás de Afuera. Tras la misa solemne presidida por el Arzobispo de la Diócesis, cantada por las religiosas, la procesión del Santísimo Sacramento, bajo palio, sale de la iglesia y recorre las calles del barrio, a ritmo de música, mientras la máxima autoridad militar porta una copia del famoso Pendón de las Navas de Tolosa. Diversas agrupaciones religiosas, los niños vestidos de primera comunión y otras asociaciones, acompañan al Santísimo en su recorrido.
Mientras tanto los danzantes niños, luciendo vistosos trajes y gorra de terciopelo, bailan al son de la dulzaina, acompañados por los tetines con una indumentaria muy llamativa, a lo payaso, quienes ordenan y mantienen el corro. Los Gigantones y las Gigantillas, con sus graciosos movimientos, animan el pasacalles. Una vez finalizada la procesión, las Gigantillas pasan la reja de la portería y bailan para toda la comunidad que observa sus bailes desde la celosía de la reja alta. El Santísimo regresa a la iglesia y la madre Abadesa, acompañada de toda la Comunidad tras la reja, recibe, saluda y ofrece un pequeño refrigerio a las autoridades e invitados.
Una semana antes las religiosas y el personal de la Delegación ponen todo a punto para que no falte ningún detalle en la fiesta. La iglesia se engalana con flores, se revisa el toque de las campanas, se limpia la plata y se planchan primorosamente las sabanillas blancas para el altar de la portería, donde se coloca la Virgen del Buen Suceso, vestida con sus mejores galas. En este lugar hace una parada la custodia con el Santísimo, mientras las religiosas cantan y esparcen pétalos de flores desde lo alto. El silencio monacal se ve interrumpido por el bullicio y la alegría de los asistentes, la misma alegría que siente toda la comunidad al poder compartir un año más la presencia viva de Cristo en su cuerpo y sangre: “Sagrado convite donde Cristo se da”.
                                                                                                        MARÍA JESÚS HERRERO SANZ
                                                                                                         Conservadora de Escultura del Real Monasterio de las Huelgas