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APUNTE NAVIDEÑO

 EPIFANÍA EN EL MONASTERIO

         “Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron;

           abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2)

El 6 de enero de cada año se celebra el “Día de los Reyes Magos” o la “Fiesta de la Epifanía”, una más de las entrañables fechas de la Navidad cristiana. Esta estampa navideña cobra más relieve, creo yo, celebrada en la inmensa contemplación de un monasterio de clausura donde viven sus moradores en perpetua adoración de quien ha venido a salvar a todos los hombres.

“Como los Magos, también nosotros caminamos atentos, incansables y valerosos para encontrar a Dios que ha nacido por nosotros” (Papa Francisco). Este itinerario espiritual se consuma de continuo entre las paredes centenarias de esta nueva Casa de religión, que eso es un convento, donde cada día se busca y se encuentra y allí se adora al Niño que siempre aparece junto a María y a José. Y como hicieron en aquella primera Navidad los Santos Reyes también aquí y ahora se abren los cofres para entregar, jubilosos, cada quien sus dones. El oro del amor a Dios y el mismo oro de la fraternidad conquistada y renovada en el misterio de Belén al contemplar al que se hizo hombre para nuestra salvación. El incienso de la oración continua, de día y de noche, cantando las alabanzas del Señor. Y la mirra de la propia entrega personal y comunitaria en el seguimiento de quien un día llamó a cada uno por su nombre para construir el Reino de Dios.

Sorprende que en tan sublime soledad y tan grandioso silencio hable Dios tan alto y claro a cuantos habitan en tan sacrosanto lugar como es un Monasterio. Allí refulge más la luz que se infunde y derrama para todos los pueblos, y allí, en medio de la noche, brilla más ardiente y fúlgida la estrella que conduce una y otra vez al Portal de Belén. Adorar al Niño en un día como este es rememorar la consagración perpetua de los moradores de esta santa Casa.

Juan José Pérez Solana

Capellán