GOTAS DE SILENCIO

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GOTAS DE SILENCIO

Gotas de silencio contemplo por mi ventana. El día está claro. El sol me ilumina. Todavía no me acostumbro a la normalidad de mi calle vacía. Son quince días confinados. Las medidas a partir de mañana se endurecen más. Seguiré contemplando las gotas de silencio.

Tengo la mirada serena, he pensado muchas veces en la similitud de mi vida con la vida monástica. Precisamente, esa comparación me está ayudando a saber afrontar el paso de los días en casa. El orden monástico, el equilibrio en la distribución del día y, lo más importante, la mirada contemplativa.

Sigo sintiendo el silencio, sin él no podría seguir escribiendo. Algún vecino se asoma a la ventana; antes éramos auténticos desconocidos, ahora vamos acercando miradas, y, con algunos, nos atrevemos a saludarnos con la mano vacilante. Ya no somos esas personas ajenas, la vivencia de una misma situación nos va uniendo.

A las ocho de la tarde salimos a aplaudir, reconociendo muchas realidades: el agradecimiento a los que nos cuidan cuando estamos enfermos, a los que nos alimentan, a los que ponen orden en los movimientos sociales o ante la indisciplina, en una acción en la que todos debemos ir a una; agradecimiento a todas esas personas que nos dejan en las manos de Dios.

Ese momento de las ocho se está convirtiendo en un rito, porque somos seres rituales; somos seres simbólicos y transcendentes. No sabemos quedarnos en nosotros mismos, en nuestra pura individualidad. Necesitamos sentir, cuidar y amar al otro. No somos seres solitarios, sino seres conscientes de nuestra soledad transcendida y transcendente. En nuestro cascarón hay grietas que permiten la apertura, eso significa transcendida; no somos una realidad totalmente cerrada. Sí, delimitada, ya que necesitamos nuestro germen, nuestro nido interior, ese elemento propio y singular. Esa soledad transcendida posee todas las facultades para desarrollar su aspecto transcendente, es decir, salir de ese cascarón agrietado y comenzar a caminar y a dar vida a esas alas que se atreven tímidamente a jugar con el viento, a unirse a las demás aves para manifestar una vida compartida llena de simbolismo, con sus dibujos en el cielo que recrean cada tarde antes del atardecer.

Amo el silencio, este silencio bendecido por esta soledad acompañada y cuidada. Este es nuestro compromiso: cuidar la soledad del otro; ofrecer sus miedos, sus dudas, sus ilusiones, sus inquietudes… a los pies de lo divino.

Ahí siguen las gotas del silencio, un gran misterio para mí en este día de un sol imperial; las siento, las miro,…; estoy aprendiendo a quererlas desde ésta, mi mirada contemplativa.

Felipe Izquierdo Moreno

                                                                                                                                                                                  Profesor de Filosofía

“La acción es contemplativa y la contemplación es activa”. Miguel de Unamuno