Hoy, Cristo sigue sufriendo la pasión

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Hoy, Cristo sigue sufriendo la pasión

Impresionante el diálogo final de la pelí­cula La misión. Después de que se ha producido la cruel matanza de los jesuitas y de los indios guaraníes, el cardenal Altamirano pregunta a los embajadores de España y Portugal si había sido ne­cesario derramar tanta sangre. Uno de ellos le res­ponde: “Desengáñese, excelencia, en este mundo tenemos que vivir”. El cardenal Altamirano, con el rostro embargado por la tristeza, le dice entonces: “No, señor embajador, somos nosotros los responsables de este mundo. Soy yo el responsable de este mundo”.

La pasión de Cristo no es sólo una página del pasado. Es también una página del presente, en la que seguimos teniendo nuestra alícuota responsabilidad. La pasión de Cristo no ha terminado. Cristo sigue hoy su­friendo en el hombre hermano, con el que Jesús se ha identificado. Es posible que por pereza, comodidad, por cobardía no lo queramos reconocer pero, hoy, Cristo sigue sufriendo la pasión cuando no sabemos acompañar a nuestros hermanos que sufren, que sienten angustia y se sienten solos, como hicieron los discípulos predilectos en el huerto de Getsemaní. Hoy, Cristo sigue sufriendo la pasión cuando vendemos nuestra vida por treinta monedas de pla­ta; cuando nuestro deseo de medrar nos lleva a hacer negocios no tan limpios y a no prestar a nues­tros hermanos la ayuda que necesitan; cuando vendemos nuestros mejores ideales a causas que no merecen la pena.

Hoy, Cristo sigue sufriendo la pasión cuando buscamos en la violencia la solución de los proble­mas, como aquellos que prendieron a Jesús con palos y espadas; cuando dejamos que cualquier tipo de violencia injusta se apodere de nuestro corazón; cuando no respetamos a los hombres y los acusamos sin verdad; cuando descalificamos injus­tamente a los que nos denuncian nuestro bienestar y nuestra instalación.

Hoy, Cristo sigue sufriendo la pasión cuando le negamos por vergüenza y cobardía, como hizo Pedro; cuando nos dejamos arrastrar por el respeto humano y no confesamos con valentía y sinceridad nuestra fe; cuando no defendemos la causa de la justicia por miedo a los problemas y dificultades que ello nos puede traer. Cuando nos lavamos las manos como Pilato; cuando no vi­vimos comprometidos con la causa de los que su­fren; cuando encogemos los hombros y no defen­demos la verdad y la justicia, por miedo a las consecuencias que pueden seguirse. Cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes hoy en boga, como hicieron las turbas de Jerusalén; cuan­do somos uno más del montón, que condenamos a ciertos hombres porque todo el mundo lo hace así, sin ponderar lo que hay de verdad en esas con­denas. Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos burlamos de los que sufren, de los marginados de la sociedad, como hicieron los soldados; cuan­do nos reímos del dolor ajeno, especialmente de los débiles….

No acusemos solamente a los judíos; démonos, hoy, un sentido golpe de pecho, porque todos no­sotros seguimos siendo responsables de la pasión de Cristo, que aún no ha acabado. No podemos encoger los hombros porque “en este mundo tene­mos que vivir”. “Somos nosotros (tú y yo; yo y tú) los responsables de este mundo”.

                                                                                Jesús Yusta Sainz