LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS.

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LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS.

LOS SALMOS, ODRES DEL AGUA DE DIOS (Continuación)

                                  La Presencia Escrutadora De Dios

                                  Lectio Divina: Salmo 139 (138)

     1. STATIO

     2. LECTIO -MEDITATIO

1ª Estrofa: El Pastor que sondea a cada oveja (Sal 139, 1-6) (Ya expuesta anteriormente)

2ª Estrofa: El mundo del hombre (Sal 139, 7-12)

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

Si digo: “Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí”,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día,

la tiniebla es como luz para ti.

 En esta estrofa, que se inicia con una pregunta, la presencia gozosa de Dios es cantada y admirada. ¿Adónde irá el hombre lejos del soplo de Dios? ¿Cómo alejarse de su aliento, del susurro de sus palabras llenas de amor, del soplo del Espíritu y perdón que el Resucitado dio a sus discípulos para esparcir su misericordia por toda la tierra? ¿Adónde huirá la humanidad entera de los ojos de Dios, si su mirada inunda la tierra entera? Este es el asombro del orante, por ello esta pregunta se alza en el salmo como un árbol, cuyas raíces descansan en el humus de otra pregunta anterior: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Sal 8, 5) Y cuyos frutos frondosos penden de otra cuestión dicha a Jesús por sus discípulos: Señor ¿a quién vamos a ir? (Jn 6, 68).

Dios no permanece sólo en su mundo, se ocupa del hombre y piensa en el ser humano, se acuerda de él, con el sentido que guarda el verbo zakar (recordar) de hacerse consciente de una relación que incluye una acción en favor del otro, una alianza. Aunque el hombre, en sus torpes pasos, se cubra de tinieblas y se ciña de oscuridad, Dios lo visita (Sal 8,5), y le agarra de su mano para que no quede abandonado, tan importante es el hombre para su Creador.

 

3ª Estrofa: El hilo secreto de Dios (Sal 139, 13-16)

Tú has creado mis entrañas,

me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias porque me has

plasmado portentosamente,

porque son admirables tus obras:

mi alma lo reconoce agradecida,

no desconocías mis huesos.

Cuando en lo oculto me iba formando,

y entretejiendo en lo profundo de la tierra,

tus ojos veían mi embrión [ser aún informe],

todos mis días estaban escritos en tu libro,

estaban calculados antes que llegase el primero.

La criatura humana es un prodigio en el clímax de la creación (Gn 1, 26-31), por ello exclama el salmista: Te doy gracias porque me has hecho una maravilla magnífica (Sal 139, 4). El hilo utilizado por el Creador es su misma “belleza”, Dios aparece en la criatura bellísimo (Gn 1, 31), verdadera teofanía del Creador. Toda criatura humana lleva en sí esta grandeza. Y como una confidencia, el orante dice a Dios: Tú has creado mis entrañas, en el seno de mi madre me tejiste. El símbolo del tejedor, que con esmero confecciona una obra maestra, presenta la vida como una obra artesanal, hecha con mimo, sin aceleración ni inmediatez, una obra en la que el autor se recrea haciéndola al detalle, y mirándola después.

Tus ojos veían mi embrión, una mirada que se dirige al golmî o embrión, aun siendo tan pequeño e informe, Dios intuía ya toda la extensión de los días, de los pensamientos y de las obras que esa criatura viviría y realizaría en su historia futura, el Creador soñaba con ella. Tal como el Señor confió a Jeremías: Antes de formarte en el seno materno te conocí, antes de que salieras a la luz te consagré (Jr 1, 5).

Este conocimiento de Dios es tan grande y profundo, que es alabado en el salmo de manera emocionante, al constatar que toda la vida de la persona se desenvuelve bajo los ojos lúcidos de Dios, y asidos a su mano firme, ya que desde el seno materno, tú eres mi Dios (Sal 22, 11). La vida, pues, es una filigrana de Dios, regalo de su belleza y de su bondad, que invita a su criatura a la alabanza, aunque no todos responden a esa llamada.

Pilar Avellaneda Ruiz     (Continuará)