DÍA “PRO ORANTIBUS”

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DÍA “PRO ORANTIBUS”

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

DÍA “PRO ORANTIBUS” 

La Iglesia, en esta Solemnidad, nos invita a pedir por todos los hombres y mujeres que, secundando la llamada de Dios, han consagrado su vida a la oración y a la entrega generosa en beneficio de la humanidad, desde el silencio claustral.

Por este motivo me ha parecido oportuno reflexionar sobre el misterio trinitario al que ellos adoran y al que tanto ellos como nosotros estamos obligados a mirar, para hacer realidad el “así en la tierra como en el cielo” del Padre nuestro.

Para muchos la Trinidad no es más que un problema de matemáticas incomprensible: uno igual a tres o tres igual a uno. Para otros, un artículo del Credo puramente teórico, sin incidencia alguna en la vida del hombre. Sin embargo Cristo nos revela el misterio íntimo de Dios no para que hagamos piruetas intelectuales sino para desvelarnos el misterio del hombre y enseñarnos a vivir humanamente.

No podemos olvidar lo que se nos dice en la primera página del Génesis: “El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios”. Conocer, pues, a Dios, es conocer al hombre.

Lo que nos descubre el misterio de la Trinidad es que Dios no es un ser solitario, aislado en su palacio de estrellas. Dios no es un solterón, condenado al monólogo de una vida introvertida. Dios no es un yo, sino un nosotros, una comunidad de amor. Dios es hogar, familia, diálogo permanente, convivencia infinita.

Y porque el bien es esencialmente comunicativo, no contento con hacerlo sólo a nivel interno, Dios se vuelca con la creación en millones de criaturas que revelan fragmentos de la Trinidad. Pero donde más quiso manifestar su vida trinitaria fue en el hombre. Por eso estamos programados para ser relación con los demás. Y por eso tendemos a realizarnos comunitariamente, en grupos, que se van abriendo en círculos concéntricos, desde la familia hasta la comunidad internacional, pasando por muchas y diversas agrupaciones.

Para ser hombres hay que ser divinos. Hay que actualizar en la vida la vocación de relacionarnos con los demás. Si los hombres queremos ser lo que debemos ser, imágenes de Dios, hemos de establecer a todos los niveles y en toda circunstancia relaciones de amor. El que no lo hace, vive “contra natura”. Y, consecuentemente, sufre y hace sufrir.

Eso en la familia: todos (padres, hijos, hermanos y familiares) tendrán como meta volcarse, darse, entregarse, salir de sí mismos para buscar el bien de los demás. No basta con ser una sola carne y sangre. Hay que ser también un solo corazón.

Eso a nivel social: superando las dos teorías tan en boga en nuestra sociedad. El individualismo, a costa de los demás, y el colectivismo a costa de la persona. Siempre habrá que buscar el bien común armonizando persona y comunidad.

Y eso a nivel eclesial: superando divisiones entre cristianos separados y entre católicos desunidos, luchando siempre por actualizar el “un solo corazón y una sola alma”, suscitando en los que nos ven el “mirad como se aman”. A eso nos obliga el deseo de Cristo al proponernos como meta y modelo la Trinidad: “que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti”.

Conclusión: ¿problema abstracto y teórico? Todo lo contrario. Nada más práctico que la vida íntima de Dios que nos llama a reproducir a escala humana relaciones de amor en el seno de la familia, de la sociedad y de la Iglesia.

                                                                                                           Ildefonso Asenjo Quintana

                                                                                                  Canciller- Secretario del Arzobispado