DE LA BELLEZA VISIBLE A LA INVISIBLE

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DE LA BELLEZA VISIBLE A LA INVISIBLE

Ayer tarde, en la catedral, pudimos disfrutar, no poco, oyendo a la Orquesta y Coro del Teatro real, interpretando el Requiem de W. Amadeus Mozart. La Obra maestra del genio de Salzburgo, en una Catedral gótica.

En la Edad media, la fe cristiana, profundamente enraizada en los hombres y en las mujeres de aquellos siglos, inspiró una de las creaciones artísticas más elevadas de la civilización universal: las catedrales.

En los siglos XII y XIII, partiendo del Norte de Francia, se difundió un tipo de arquitectura en la construcción de los edificios sagrados: la gótica. Dos características nuevas respecto al anterior, el Románico: el impulso vertical y la luminosidad. Las catedrales góticas, la nuestra, muestran una síntesis de fe y de arte, armoniosamente expresada a través del lenguaje universal y fascinante de la belleza, que aún hoy suscita estupor. Las bóvedas ojivales, apoyadas sobre robustos pilares, permiten subir notablemente su altura. Se invita, así, a la oración y es, al mismo tiempo, oración. Se traducen así, en sus líneas arquitectónicas, el anhelo del ser humano hacia Dios. Las nuevas soluciones técnicas adoptadas, permiten que los muros perimetrales puedan ser calados y embellecidos por vidrieras policromadas. Las ventanas se convierten en grandes figuras luminosas. Aptas para instruir al pueblo en la fe. En ellas se narra la vida de un santo, una parábola u otros acontecimientos bíblicos. A través de las vidrieras pintadas se derrama una cascada de luz sobre los fieles para narrarles la historia de la salvación e implicarles en esta historia. En su construcción y decoración, de modo diferente, pero coordinado, participa toda la comunidad cristiana y civil: los humildes y los poderosos, los analfabetos y los doctos. En esta casa común todos los creyentes son instruidos en la fe. La escultura gótica es una “Biblia de piedra”, representando los episodios del Evangelio e ilustrando los contenidos del Año Litúrgico, desde la Natividad hasta la Glorificación del Señor. En aquellos siglos, además, se difundía cada vez más la percepción de la humanidad del Señor, y los sufrimientos de su Pasión eran representados de forma realista: el Cristo sufriente (Christus patiens), sin duda, expresión real, palpable del homo patiens, se convierte en una imagen amada por todos, y capaz de inspirar piedad y arrepentimiento por los pecados. No faltaban los personajes del Antiguo Testamento, cuya historia se convirtió en familiar a los fieles de tal modo que frecuentaban las catedrales como parte de la única, común historia de la salvación. Con sus rostros llenos de belleza, de dulzura, de inteligencia, la escultura gótica del siglo XIII revela una piedad feliz y serena, que se complace en emanar una devoción sentida y filial hacia la Madre de Dios, vista a veces como una joven mujer, sonriente y maternal, y principalmente representada como la soberana del cielo y de la tierra, potente y misericordiosa. Los fieles que llenaban las catedrales góticas querían encontrar en ellas también expresiones artísticas que recordaran a los santos, modelos de vida cristiana e intercesores ante Dios. Y no faltaban las manifestaciones “laicas” de la existencia; de ahí que aparecieran, aquí y allí, representaciones del trabajo en los campos, de las ciencias y de las artes. Todo estaba orientado y ofrecido a Dios en el lugar donde se celebraba la liturgia. Podemos comprender mejor el sentido que se atribuía a una catedral gótica, considerando el texto de la inscripción escrita sobre la puerta principal de Saint-Denis, en París: “Transeúnte, que quieres alabar la belleza de estas puertas, no te dejes deslumbrar ni por el oro ni por la magnificencia, sino por el trabajo fatigoso. Aquí brilla una obra famosa, pero quiera el cielo que esta obra famosa que brilla haga resplandecer los espíritus, para que con las verdades luminosas se encaminen hacia la luz verdadera, donde Cristo es la verdadera puerta”.

En fin, una experiencia inolvidable, Mozart en una catedral gótica. La belleza en la piedra y en el sonido. Pudimos disfrutar vivenciando la via pulchritudinis, la vía de la belleza, recorrido privilegiado y fascinante para acercarse al Misterio de Dios. ¿Qué es la belleza, que escritores, poetas y artistas contemplan y traducen en su lenguaje, sino el reflejo del esplendor del Verbo eterno hecho carne? “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire amplio y difuso. Interroga a la belleza del cielo, interroga al orden de las estrellas, interroga al sol, que con su esplendor aclara el día; interroga a la luna, que con su claridad modera las tinieblas de la noche. Interroga a las fieras que se mueven en el agua, que caminan sobre la tierra, que vuelan en el aire: almas que se esconden, cuerpos que se muestran; visible que se deja guiar, invisible que guía. ¡Interrógales! Todos te responderán: ¡Míranos: somos bellos! Su belleza les da a conocer. Esta belleza mudable ¿quién la ha creado, sino la Belleza Inmutable?” (San Agustín ).

                                                                                                                                                                    Jesús Yusta Sainz

Profesor Facultad de Teología