UN DÍA COMO MIL AÑOS. O EL TIEMPO SUSPENDIDO DE DIOS

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UN DÍA COMO MIL AÑOS. O EL TIEMPO SUSPENDIDO DE DIOS

En el monasterio se vive un misterio de tiempo. Debe convivir un tiempo que nos saca de la Historia y nos lleva al tiempo suspendido de Dios con una obligación insoslayable: la radicalidad del tiempo siempre presente del ejercicio de la misericordia; el tiempo perfecto de otro mundo y el que está marcado por la entrada de Dios –en Cristo- en la Historia.

Del mismo modo que en los monasterios seculares se percibe una cuidada configuración del espacio, simbólica y utilitaria, que encuentra en los monasterios cistercienses una cumbre constructiva; se experimenta también una peculiar concepción del tiempo. Es como si la cerca que va acotando el espacio segregado del mundo hasta confluir en el hortus conclusus del claustro marcase también una nueva dimensión temporal.

En el monasterio todo se aquieta. Se suspende en el silencio, que es voz de Dios. Sin prisa, en el monasterio el reloj que en el mundo nos sincroniza socialmente, marca unas horas distintas. Paradójicamente, todo está medido y ordenado, todo tiene su tiempo –el de Eclesiastés 3-, pero todo pronuncia el Salmo 31: “en tus manos están mis tiempos”. Tiempo de oración y de trabajo, en manos de Dios.

Desde los primeros siglos los cristianos oraron a distintas horas del día. Entre la salida del sol (Laudes) y su ocaso (Vísperas) articularon horas intermedias que traían el recuerdo de los acontecimientos de la Pasión del Señor: la hora tercia cuando lo crucificaron, la hora sexta cuando sobrevinieron tinieblas y el velo del templo se rasgó, la hora nona rota por el grito igualmente desgarrado de Jesús en la cruz. Y para completar el día, una oración antes de afrontar el descanso nocturno que en su formulación actual resulta de tanta sencillez como belleza. Cantada, trae el eco del arrullo infantil, la memoria de quien se deja vencer por el cansancio confiado en brazos protectores. La petición Guárdanos Señor despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz es todo un programa de vida.

Si en el día litúrgico, que se extiende de medianoche a medianoche, hay ocasiones en que, por su importancia, duran más de veinticuatro horas, comenzando en las vísperas del anterior y prolongándose en las grandes celebraciones del año al entender sus ocho días siguientes (octava) como un solo día, monjes y monjas mantuvieron durante siglos la alabanza a medianoche o en las primeras horas del día con el rezo de Maitines, convertidos tras el Vaticano II en Oficio de Lectura y mitigados en la ubicación temporal. Algo tenía esa oración de súplica confiada del amanecer y de alabanza agradecida por la resurrección de un nuevo día que es regalo de Dios.

El espacio ordenado –y tantas veces lleno de belleza sensible- y el tiempo redefinido del monasterio son una oportunidad preciosa que carga de responsabilidad. El marco es adecuado para el crecimiento personal, para el desarrollo de una espiritualidad honda, para la construcción de una comunidad sincera, para profundizar en la Escritura y alabar a Dios en un alegre ciclo constante de palabra y con obras, para acoger con calor recibiendo al huésped como si de Cristo mismo se tratase. Esa es la tarea sin tiempo, mientras se espera ese domingo sin ocaso…

                                                        Gerardo Díaz Quirós

                                                     Director de la Fundación San Juan de Dios